sábado, 12 de marzo de 2011

LAS PELÍCULAS DE WONG KAR-WAI: "EL SABOR DE LA NOCHE" (My blueberry nights)

Reflejos en cristales empañados


Por Marcela Gamberini

 “A veces la distancia tangible entre dos personas puede ser corta pero la emocional puede ser enorme. My Blueberry Nights es una mirada a esas distancias desde varios ángulos. Quería explorar esas extensiones, tanto figurada como literalmente, y el esfuerzo que cuesta salvarlas.” Wong Kar-wai 

El sabor de la noche le propone al espectador un viaje, como casi todas las películas de Wong Kar-wai. Un viaje a través del amor plagado de encuentros y desencuentros, un recorrido melancólico y profundo acondicionado por una música que acompaña el transcurso del film con coherencia y belleza. La película podría haber sido una canción cantada por Norah Jones, quien a la vez la protagoniza. Reflejos en espejos, cristales, vidrios empañados, que dan cuenta de un juego de representaciones que deja ver el acontecimiento, lo que sucede, siempre “a través de”, nunca directamente.
Obvio es que el cine es movimiento. Y en esta película el movimiento es central. Todo y todos se mueven constantemente, dibujando una cadencia hipnótica que no sólo apela al puro goce sensorial sino que apuesta a una narración también en movimiento. La cámara de Wong Kar-wai siempre es móvil, ya sea dentro del mismo encuadre o en el proceso del montaje. Las imágenes se fugan todo el tiempo hacia afuera, en un movimiento cadencioso, en las idas y venidas de una cámara que registra a través de vidrios empañados, escritos, sucios, una cámara que busca su eje, su centro, y no lo encuentra hasta el final. Estos encuadres móviles justamente no oprimen a sus personajes, sino que los liberan haciendo que en la historia que se cuenta estén en constante viaje, alargando u acortando distancias, entrando y saliendo. Encuadres que permiten que sus personajes respiren, desdibujando contornos y límites, yendo siempre un poco más allá.
El viaje de la protagonista, Elizabeth –encarnada por la bella Norah Jones– a través de Nueva York buscando y buscándose está registrado casi magistralmente por Wong Kar-Wai. Es un viaje también de las imágenes que, dinámicas, todo el tiempo se mueven cruzando espacios y franqueando límites. Las fronteras se quiebran, las de las imágenes de la película y las de la protagonista. Las distancias se acortan o se hacen cada vez más profundas. Elizabeth se fuga todo el tiempo y las imágenes que la acompañan también. Una imagen que busca su centro tal como su protagonista, ambas en constante vaivén. Este vaivén es el vaivén de la historia que se cuenta, nada más ni nada menos que una historia de amor, de pérdidas y de búsquedas, de encuentros, desencuentros, canciones y comidas. Una historia donde el placer de lo inmediato está puesto en primer plano. El gusto de saborear ahora esa torta que nadie come y que ella se anima a probar, el placer de un cigarrillo convidado y fumado en un atardecer, la seducción que ejercen las miradas entre sí cuando de veras se encuentran, la atracción de las apuestas en ese vértigo que propone el juego de cartas donde se gana o se pierde todo, el reencuentro con el alcohol después de años de abstinencia y el gusto que baja fuerte por la garganta ya desacostumbrada.
En ese viaje Elizabeth se encuentra con un hombre que ha perdido a su esposa, con una mujer que ha perdido a su marido, con otra mujer que juega a las cartas y en ese jugar se le va la vida y pierde no sólo dinero sino al padre. Claro, Elizabeth ve, registra, intercede, se involucra, gana y pierde, como en un juego de azar. Los personajes, todos, tienen el corazón roto, víctimas de amores que frustran el alma y carcomen el cuerpo. De víctimas pasan a victimarios, como si fuera un juego de roles donde cada uno va ocupando sucesivamente el lugar del otro. El amor como una fuerza centrífuga arroja a los protagonistas fuera de la historia, los abandona en la ruta, en un bar, en el casino para que encuentren o se encuentren ellos mismos. Son cuerpos solitarios en constante movimiento que nos recuerdan el ir y venir del personaje femenino de Deseando amar por esas calles laberínticas y fantásticas.
Es interesante ver cómo son los personajes femeninos los que se mueven todo el tiempo. Mujeres nómades y hombres más bien sedentarios. Un universo de mujeres que buscan y recorren territorios, mujeres que apuestan y ganan o pierden, mujeres que engañan y son engañadas. Ellas encarnan el deseo como detonante del devenir. Desean viajar, amar, ganar, apostar y se juegan por y en ese deseo. Estas mujeres de alguna manera rompen con la cadena de la tradición, con el lugar que socialmente tienen establecido. En este caso la mirada del director deja entrever cierta apuesta ideológica interesante. Las mujeres contra lo socialmente establecido. Ellas son las que abandonan el matrimonio, las que juegan a las cartas, las que viajan solas en carreteras perdidas y desoladas. Wong Kar-Wai sugiere una preeminencia del universo femenino sobre el masculino, a contrapelo de la tradición. En cambio los hombres aparecen como más quietos. El personaje masculino de Jeremy, encarnado por un lindo Jude Law, es el dueño del bar, está allí y ve y escucha historias, y las vive a través de los otros, de las llaves que sus clientes se olvidan, pero lo cierto es que no se mueve de ese lugar; tampoco se mueve el personaje de Arnie (David Strathairn) que es abandonado por su mujer, se emborracha y después muere. Las mujeres bailan alrededor de los hombres en una melodía sutil y desgarradora. Los hombres quietos esperan que ellas vuelvan, toman alcohol o fuman un cigarrillo.
Dice Wong Kar-wai en una entrevista: “Escribo con imágenes. Y para mí, lo más importante de un guión es saber en qué lugar va a desarrollarse; porque si ya sabes eso puedes decidir lo que hacen los personajes en ese espacio. El espacio incluso te dice quiénes son los personajes, por qué están allí”. Efectivamente, en El sabor de la noche los lugares definen a los personajes que los contienen. Bares, carreteras y casinos son los espacios elegidos en esta película. No aparecen casas, no hay interiores, nada que se pueda asociar a la idea de pertenencia, de identidad. Los espacios son públicos, son transitados, recorridos; espacios que imponen distancias, que no permiten la intimidad. Los personajes hacen el espacio, no al revés. No pertenecen a ningún lugar, no tienen nada, son solitarios y desposeídos y esos son los espacios que ellos construyen, lugares de paso, espacios de tránsito, como sus propias identidades. Tampoco hay claras referencias temporales. No se sabe si es de día o de noche, si transcurrió mucho o poco tiempo. El tiempo y el espacio en Wong Kar-Wai son subjetivos, se construyen o se recorren, no se habitan. Los personajes son como los espacios, buscan una identidad y una entidad que aún no tienen.
La música es, en casi todas las películas de Wong Kar-Wai, visual; acompaña el movimiento de las imágenes y además está en completa consonancia con lo que se cuenta. Dice Wong Kar-Wai que “la música es como un color, es como un filtro que tiñe todo de un tono diferente”. En este caso la música, melancólica y bella, refuerza el tono rojizo que atraviesa la pantalla volviendo la historia más perturbadora y profunda. Un detalle interesante es que en alguna secuencia y sobre el final del film, se escuchan los acordes de la inolvidable canción que se interpretaba en Con ánimo de amar. Pareciera que Wong Kar-Wai retomara aquella historia filmada ocho años atrás para resignificarla en este nuevo film. De hecho, si aquella terminaba con los amantes separados, en ésta, encarnando una mirada tal vez más esperanzadora, los amantes no sólo terminan descubriéndose juntos sino que directamente, a través de la voz en off de la protagonista, nos invita a cruzar del otro lado de la calle, a encontrarnos y a identificarnos. Nos invita a acortar distancias, a estrecharlas, a descansar –como Elizabeth dormida con la cabeza sobre el mostrador– y disfrutar de aquello que se nos presenta en ese momento.
En El sabor de la noche Wong Kar-wai pone las imágenes en crisis, imágenes sucias, fragmentadas, imágenes de video que se reflejan en la cámara de seguridad del bar, imágenes que se ven a través de vidrios escritos, empañados. En las secuencias en el bar casi nunca vemos a Elizabeth y a Jeremy directamente, sino a través de espejos, reflejados en cristales borrosos. También aparecen planos de tortas que se funden con helado, de amaneceres, de trenes; estos planos cruzan y rompen no sólo la ya arcaica pureza de las imágenes sino el hilo de la historia. Como pequeños guiños, pensados como ingredientes que perturban, estos encuadres invaden la cabeza del espectador sugiriendo otras historias, como un juego de muñecas rusas, una dentro de la otra. Pareciera decir Wong Kar-Wai que los reflejos son siempre insuficientes y que nunca vemos la realidad directamente, que siempre tenemos la mirada y la voz mediatizada. Que el cine debe reflejar la realidad directamente es lo que está en crisis en el cine de Wong Kar-Wai; sus imágenes móviles y sucias lo testifican. La puesta en crisis es, para este autor, uno de los modos posibles de estar en el mundo. En su cine, y particularmente en El sabor de la noche, no sólo su sistema de representación está en crisis sino también su concepción acerca del amor, de la vida, del destino.  
El sabor de la noche es la primera película de Wong Kar-Wai en Estados Unidos, con escenarios y actores americanos. Y también hay una apropiación de un género que es esencialmente americano como la road movie. Wong Kar-Wai se inserta en el cine occidental, desde la elección de sus actores, de su música, y también desde una concepción del cine netamente norteamericana; la búsqueda de uno mismo, del destino, de la identidad representado por el viaje en esa ruta. Sin embargo, las marcas de autor de Wong Kar-Wai, que vienen mostrándose desde sus primeras películas, son muchas y particulares; su individual manera de filmar atestada por primeros planos y encuadres repletos de objetos sigue vigente en esta película. Wong Kar-Wai no invade el cine de Hollywood, sino que lo visita, se apropia de algunos de sus elementos pero con la mirada puesta en sí mismo y en su personalísima manera de filmar y de ver este mundo en crisis.

Texto tomado de: http://www.elamante.com/content/view/1587/66/ 


sábado, 5 de marzo de 2011

LAS PELÍCULAS DE WONG KAR-WAI: "2046"



El fascinante universo de Wong Kar-Wai

 



  Un aviso antes de empezar: cualquier análisis, estudio, reseña o comentario crítico que quiera hacerse de este monumental experimento cinematográfico está condenado de antemano a quedarse corto, no porque "2046" sea de una especial complejidad o por la amplia variedad de aspectos que merecería la pena analizar con detalle y sobre los que aquí vamos a pasar casi de puntillas por razón de espacio, sino más bien por su peculiar y doble condición. Por un lado, "2046" no es un proyecto normal en el sentido usual del término, sino que es un film que se llevó a cabo de forma paralela al rodaje de la anterior película de su realizador, esa obra maestra llamada "In the mood for love (Deseando amar)" con la que guarda íntima relación sin que tampoco pueda considerársela una secuela –también en el sentido usual del término–. Ampliando ese concepto, "2046" es algo así como la película en la que confluyen todos los elementos que han marcado la filmografía de Wong Kar-Wai, una especie de opera fin de trayecto donde las historias, las claves y los destinos de algunos personajes que han poblado sus anteriores films aparentan llegar a término. Sin embargo, y este es el segundo aspecto a tener muy en cuenta (y mucho más determinante), "2046", pese a ese esfuerzo compilatorio, tiene todo el aire de obra inacabada que su autor ha remontado una y otra vez a lo largo de los últimos cinco años, probablemente siguiendo su propia máxima de que el único tiempo que merece la pena vivirse es el presente, ese presente condenado a escurrirse de entre los dedos de sus personajes continuamente y convertirse en pasado inalcanzable y a la vez deseo del futuro que impide su concreción definitiva. La siempre eterna búsqueda que viven sus personajes también parece ser casi eterna para su autor.
  "2046" se articula alrededor del personaje de Chow Mo Wan (Tony Leung), el protagonista masculino de "In the mood for love (Deseando amar)", al que ahora reencontraremos en distintas etapas de su vida posteriores a aquella frustrada e intensa historia de amor que vivió con Su Li Zhen (Maggie Cheung), la única mujer a la que verdaderamente ha amado y cuyo recuerdo le persigue y determina todas sus relaciones posteriores con hasta cuatro mujeres que representan otras tantas idealizaciones de lo femenino que sólo servirán para confirmarle lo que en el fondo ya sabe. Aparentemente, este Chow Mo Wan es muy distinto del que conocimos en "In the mood for love (Deseando amar)": la timidez y el recato han dejado paso a una monumental máscara de cinismo que esconde las terribles heridas emocionales dejadas por su relación con Su Li Zhen que le cambió para siempre. Mo Wan se ha convertido aquí en una especie de playboy despreocupado, un narcisista conquistador al que no le falta nunca compañía femenina pero que vuelve una y otra vez a ese pasado inaprensible en busca de las sensaciones perdidas. Prueba de ello es ese escenario futurista con el que se abre la película, con ese tren en el que sus ocupantes se dirigen a un mítico lugar llamado 2046 en busca de los recuerdos perdidos, que luego descubriremos no es sino un relato que el propio Mo Wan escribe basándose en sus propias experiencias, deseos y anhelos perdidos... un tren que corre hacia el futuro para encontrarse con el propio pasado, perfecta metáfora de toda la obra, un espacio de la mente del que nadie vuelve nunca, así como nadie puede nunca escapar de sus propios y doloridos recuerdos de amores no correspondidos u oportunidades perdidas, la eterna frustración del amor y el deseo.


  Seremos pues testigos de nuevas evocaciones del pasado de Mo Wan, aunque no tienen como objeto la historia que se narraba en Hong Kong de "In the mood for love (Deseando amar)", sino episodios posteriores con ese retorcimiento del tiempo y el espacio que son tan del gusto de Wong Kar-Wai, que nunca pretende confundir, sino resaltar que mucho más importante que la narrativa lineal convencional es el viaje emocional de su protagonista, al que veremos sucesivamente primero ser abandonado por una misteriosa mujer (que no por azar tiene el mismo nombre, Su Li Zhen, que Maggie Cheung en "In the mood for love [Deseando amar]"), una jugadora profesional interpretada por Gong Li que no es sino la manifestación más cerebral de la identidad femenina, que se dará perfecta cuenta de que representa el fantasma de lo recientemente perdido por Mo Wan; recuperar brevemente una antigua relación amorosa con la bailarina Lulu/Mimi (Carina Lau, que ya hacía este personaje en "Days of being wild", la segunda película de Wong Kar-Wai, en la que también aparecía por primera vez Chow Mo Wan); vivir en el presente una intensa pasión sexual con la ocupante de la habitación 2046 de su hotel, contigua a la suya, Bai Ling (una impresionante Zhang Ziyi) que se enamorará perdidamente de él; y ayudar a la hija del dueño de ese hotel donde se aloja, Wang Jing Wen (Faye Wong) a cumplir su sueño romántico de encontrarse con su enamorado japonés y, de paso, servir de inspiración para ese relato futurista directamente inspirado en ellos donde descubriremos a la androide más humana vista en una pantalla desde los tiempos de "Blade runner". Y sobre el desarrollo de sus relaciones con estas cuatro mujeres planea siempre la pesada sombra de la ausencia de aquella relación pasada con la primera Su Li Zhen.
  Todo esto, que así narrado parece un maldito embrollo, está plasmado con tal inteligencia, elegancia y sensibilidad que el espectador no puede sino dejarse seducir por el fascinante universo de los sentimientos que Wong Kar-Wai pinta en la pantalla con su reconocible y sin embargo inimitable estilo: una puesta en escena indescriptible que juega constantemente con el fuera de campo, superpone unas historias con otras, mezcla planos ralentizados con otros en los que se nos escamotean los rostros de los protagonistas, tomados de espaldas a la cámara o marginados en una esquina del encuadre. Por encima de todo, Kar-Wai mantiene una endiablada habilidad para mantener la atención del espectador sobre el más mínimo detalle de cuanto está desarrollándose delante de sus ojos. Uno no puede perderse en la fascinación que le produce un plano, la vibración interior que consigue la inclusión de una música o el sentido de la composición artística de su director, porque corre el riesgo de perder información valiosísima para comprender detalles que van a surgir con posterioridad en el metraje. Como si de un malabarista se tratara, Kar-Wai mantiene en perfecto equilibrio los hilos que conforman el delicado tapiz al que está dando forma: por momentos, uno tiene la sensación de estar perdiendo la visión de conjunto, guiado en una dirección determinada por el autor, pero sin embargo siempre se vuelve una y otra vez al tapiz, al sutil entramado de interrelaciones entre los personajes, o más bien cabría decir entre el personaje central de Tony Leung y todos aquellos que le rodean, y siempre con ese elegante sello personal que seduce y fascina de manera incomprensible racionalmente, pero que apunta de forma certera al interior de nosotros, pulsando teclas y cuerdas de cuya existencia a veces ni siquiera somos conscientes.
  "2046" habla del amor, por supuesto, pero más que del amor habla de la memoria, de la necesidad de tener un lugar donde guardar o esconder recuerdos, pensamientos, frustraciones, deseos inconfesables, sueños y esperanzas. Desde ese punto de vista es imprescindible no sólo haber visto, sino tener bien fresca en la memoria "In the mood for love (Deseando amar)" para captar en toda su complejidad la impresionante propuesta de este autor con mayúsculas al que algunos acusan bastante injustamente de estar revolcándose en su propio estilo o de ejercer gratuitamente la pedantería, sin entender que, una vez vista "2046", "In the mood for love (Deseando amar)" y ésta guardan una relación indisoluble de tal forma que, por mucho que ambas puedan disfrutarse por separado, "2046" envuelve en su sutil capa a la primera, complementando por oposición el mismo mensaje. Donde "In the mood for love (Deseando amar)" era todo sugerencia y ausencia de contacto, "2046" no escatima sexualidad más o menos explícita y concreción del deseo (a ese respecto, es de destacar el impresionante trabajo de la hermosa Zhang Ziyi, que enamora en una composición atrevida, llena de riesgos que sortea con habilidad); donde "In the mood for love (Deseando amar)" era la búsqueda infructuosa de la realización de un amor imposible, "2046" es la búsqueda infructuosa de recuperar un sentimiento igual de intenso que el que se vivió en algún momento del pasado. Y así sucesivamente. También podría decirse que "2046" es una película sobre las promesas, sobre cómo podemos, en nuestra vana ilusión, pretender que las cosas puedan permanecer invariables, sin cambios, durante toda una vida, ese deseo tan humano de capturar un momento imborrable y tratar de preservarlo para siempre. Podrían decirse tantas cosas…
  Por ejemplo, sería injusto no hacer una mínima referencia a la exquisita banda sonora de la película, una obra excepcional y coherente con las influencias más claramente perceptibles del cineasta: en ella se dan cita, además de las inevitables y suntuosas composiciones del habitual Shigeru Umebayashi (que crea otro tema central inolvidable de gran belleza), piezas de Zbigniew Preisner compuestas para Kieslowski, de Georges Delerue para Truffaut o de Peer Raben para Fassbinder; mezcladas con los temas clásicos que forman parte de la memoria histórica del propio Wong Kar-Wai (la Canción de Navidad de Nat King Cole, Perfidia de Xavier Cugat, Sway de Dean Martin), el Adagio de Secret Garden o el maravilloso aria Casta Diva de la opera Norma de Bellini, una sinfonía de sonidos que se adaptan como un guante al lenguaje cinematográfico del director hasta hacerse indisoluble de sus imágenes. El cine de Wong Kar-Wai se proyecta en la memoria del espectador siempre acompañado de su inseparable banda sonora.
  Tenemos que sentirnos dichosos de que el cine cuente con un autor tan excepcional como Wong Kar-Wai, creador de un universo personal, magnético, en el que el presente está permanentemente atrapado y condicionado por ese pasado al que se intenta regresar una y otra vez de manera imposible y al que siempre se volverá en el futuro, en un eterno retorno, un laberinto lleno de hipnóticas imágenes por cuya belleza nos dejamos arrastrar y seducir sin que nuestra consciencia tenga mucho que decir al respecto mientras las distintas historias de amor y desencuentros que vive el protagonista se superponen y se miran en un frenético juego de espejos inagotable en el que tiene capacidad para reconocerse cualquier espectador que alguna vez haya amado o haya sido amado. Es decir, todos nosotros.

Texto tomado de: http://www.labutaca.net/49seminci/20462.htm 

Este enlace contiene una entrevista a Wong Kar-Way. Para acceder a la primera parte, puse aquí. Para la segunda parte, aquí

Para descargar la banda sonora original, click aquí

sábado, 26 de febrero de 2011

LAS PELÍCULAS DE WONG KAR-WAI: "DESEANDO AMAR" (In the mood for love)

Una historia de amor imposible
Por Alejandro del Pino
Al principio la solidaridad en el resentimiento, después la complicidad y más tarde el amor contenido, marcan la compleja y atormentada relación que mantienen los dos protagonistas de In the Mood for Love, del director nacido en Shangai Wong Kar-Wai. Una historia de amor imposible narrada con sutileza, elegancia y cierto manierismo formal donde destaca la cuidada fotografía del australiano Chisthopher Doyle y la modélica interpretación (tan sobria como matizada) de los dos actores protagonistas.
La mayor parte de la trama se desarrolla a principios de la década de los sesenta en una pensión de alquiler de Hong Kong donde viven Chow Mo-Wan (Tony Leung) y Li-Zhen (Maggie Cheung) que descubren casi simultáneamente que sus respectivas parejas tienen un romance. La monotonía del trabajo, el ambiente acogedor pero opresivo de la vida de pensión y la soledad a la que están abocados por las ausencias prolongadas de sus cónyuges (ambos tienen que viajar por motivos laborales) les lleva a intimar y a comenzar una relación tan intensa como distante.
Una película basada en la elipsis y en los fueras de campo, donde el peso de la historia se asienta sobre gestos y planos detalles (zapatillas, humos de cigarrrillos, manos,...) con una fuerza sensorial extraordinaria, llena de matices y sugerencias. Una obra intensamente emotiva que huye de cualquier tipo de exhibicionismo, tanto físico como sentimental. No hay escenas de amor apasionadas, no hay contacto físico. Los protagonistas nunca dicen claramente lo que piensan ni lo que sienten, y sin embargo Wong Kar-Wai consigue trasmitirlo. El director asiático ha tejido en In the Mood for Love un apasionado y poliédrico ejercicio de estilo, donde el espectador tiene que encajar las piezas y construir su propio puzzle. La originalidad y extrañeza del film también queda reflejada en la banda sonora, en la que destaca la voz de Nat King Cole cantando en castellano.
Quizás lo más sorprendente y original de esta película es el difícil equilibrio que consigue entre artificiosidad y pureza, entre la búsqueda de sutileza a la hora de expresar la pasión amorosa y su elaborada recreación formal. El deseo de sugerir en vez de mostrar y el respeto extremo con el que Wong Kar-Wai trata a los dos protagonistas principales emparentan In The mood for love con películas como Breve encuentro, pero su plasticidad gestual, el uso continuo de recursos estilísticos (como la repetición de determinadas escenas o la intencionada ocultación de los rostros de los dos cónyuges de los protagonistas) o su riqueza sensorial desbordante nos remite a un tipo de estética cinematográfica muy alejada del film de David Lean.
In the Mood for Love, traducida en España como Deseando amar, es la séptima película de Wong Kar Wai que se dio a conocer al público occidental con las obras Chunking Express y Happy Togheter. En la edición del Festival de Cannes del año 2000,  el film de Wong Kar-Wai obtuvo dos de los galardones más emblemáticos del certamen: el premio a la mejor interpretación masculina para Tony Leung y el Gran Premio de la Comisión Superior Técnica. 

Texto tomado de: http://www.cinestrenos.com/cartelera/critica/deseando/deseando.htm

 
Para descargar la banda sonora original de la película, haga click aquí

sábado, 19 de febrero de 2011

LAS PELÍCULAS DE WONG KAR-WAI: "HAPPY TOGETHER"


Volvamos a empezar

Por Oswaldo Osorio


No acabo todavía de agotar adjetivos refiriéndome a la reveladora obra del japonés Takeshi Kitano y a su filme Hana-bi, cuando nuevamente tengo que emprender un proceso similar con el director Wong Kar-Wai, a propósito de su película Happy together (1997). Aunque el cine del uno, tanto temática como estilísticamente hablando, se encuentra casi en las antípodas de la filmografía del otro, tienen en común una originalidad sin concesiones, un audaz talento, un cierto halo melancólico y poético y la certeza de que con cada una de sus películas están inventando buena parte del cine de fin de siglo.
La presentación en sociedad la hizo Wong Kar-Wai por culpa de Quentin Tarantino y su productora Rolling Thunder con su cuarto largometraje, Chungking Express (1994), y luego, con la prolongación de este mismo filme en otro titulado Fallen angels (1996), obligó a cualquier curioso y buen catador de cine a mirar hacia su temprana filmografía. El resultado de esta mirada retrospectiva fue la inclusión de su nombre en cualquier inventario de forjadores del cine del nuevo siglo. Su obra es un enclave en ese mar de comedias urbanas y películas de acción y de artes marciales que componen el panorama del siempre singular y vivaz cine de Hong Kong: Wong Kar-Wai hace cine de autor donde los géneros son el basal principal de la producción, recrea dramas donde la acción es un imperativo, su violencia no es la del tartamudeo de las armas sino el desasosiego del desamor y sus imágenes no están pulidas con esa vertiginosa precisión propia del cine de la ex-colonia inglesa, sino que son estéticamente descuidadas y sucias (en el estricto sentido del clasicismo cinematográfico) y con una concepción distinta y contradictoria del vértigo y la aceleración.


Ni contigo ni sin ti
En Happy together la eterna ciudad nocturna de Wong Kar-Wai ya no es Hong Kong sino Buenos Aires. Pudo haber sido cualquier otra, porque la capital argentina no tiene otra función dramática y narrativa que ser extraña para una pareja de asiáticos que llegaron a ella “para volver a empezar” una relación que desde el principio se nos plantea como problemática; sólo el hecho de quedar en las antípodas de Hong Kong le da cierta significación, pues acentúa la lejanía en que el par de protagonistas se encuentra con respecto a su lugar de origen. Esta lejanía es el primer signo del desarraigo de los personajes, no sólo geográfico sino también afectivo. Porque son dos hombres perdidos en una ciudad extraña y en la melancolía, que se encuentran indefensos y vulnerables ante las circunstancias, ante su condición de homosexuales y de extranjeros. Por eso cada tanto “vuelven a empezar” esa relación  tormentosa, ese amor fou inconsistente y esa trágica contradicción de los sentimientos que no permite la convivencia ni tampoco la ausencia.
Aparentemente se trata de dos personajes por completo distintos, el uno serio, taciturno, diligente y trabajador, y el otro alocado, cínico, inconsecuente y sin escrúpulos. Pero a la larga terminan por parecerse mucho, en principio porque “todos los solitarios son iguales”, pero también por tener tanto en común: su lugar de origen, su desarraigo, su homosexualidad y su necesidad-hastío ante el otro. Son todas esas cosas las que los reúne y une en una pensión porteña de mala muerte, las que hacen que, en una imagen tan triste como emotiva y llena de significaciones, bailen con melancólica pasión un tango en la sucia y deprimente cocina de aquella pensión. Son esas cosas las que hacen que sean como un par de imanes que constantemente cambian su polaridad, repeliéndose y atrayéndose hasta el desgaste final.
Esta película es otro capítulo del desamor (ese que protagoniza más historias que su contraparte), ese sentimiento que casi siempre conduce, si no a la infelicidad, al menos a la tristeza permanente.  Hay en sus personajes una fatal presencia de la inestabilidad, de la búsqueda sin frutos y de la tribulación, porque siempre algo les falta o les pesa: la añoranza de su tierra o la falta de asidero, ya físico o afectivo; deambulan, soportan la vida en medio de una búsqueda en la que dan palos de ciego; pero aún así hay algo de esperanza, esperan volver a su país, el perdón de un familiar, “volver a empezar” alguna vez o al menos ver las cataratas del Iguazú antes de partir.


Las imágenes y el tiempo
Además de las historias que nos cuenta Wong Kar-Wai, de esas soledades que esculpe en el rostro de sus personajes y de esos universos que construye en torno al animal urbano, al desamor y a las relaciones personales, ya afectivas o fraternales; además de esto, faltaría hablar de la otra parte de su cine, que fascina tanto como sus historias y personajes y que funciona como perfecto complemento, esto es, la manera como registra con su cámara (con la complicidad de su fotógrafo Christopher Doyle) esas soledades y esos universos. Con un estilo en el que muchos han reconocido la frescura del Jean-Luc Godard de los primeros años, especialmente por aquello de las rupturas formales y narrativas, Wong Kar-Wai, quien no niega su admiración por el enfant terrible de la Nueva Ola, afronta sus historias con tal desparpajo formal que sólo podría ser capitalizado de manera tan afortunada por alguien con mucho talento. Este desparpajo es el rodaje sin guión, sólo con una vaga idea de lo que se va a hacer, idea que no está tampoco exenta de cambiar; también es rodar en condiciones adversas: de locaciones, de iluminación y de recursos.
Del desparpajo y la adversidad muchos directores han hecho verdaderos monumentos del mal gusto y la mediocridad, pero ahí radica la cualidad del verdadero artista, del veradero autor, quien puede transformar el deshecho o la ausencia en algo bello y sublime, en una obra que, como las películas de Wong Kar-Wai, van más allá de la anécdota y el retrato. Los tonos grises y opacos acompañan a los dos seres errantes de Happy together en su confusa llegada a la capital del tango y en su ruptura inicial, para luego colorear con extrañas tonalidades su entusiasmo cuando “vuelven a empezar”. Así mismo, las imágenes “robadas” en las calles porteñas, con una cámara al hombro hambrienta, perseguidora y voyeurista, son imágenes-juguete de la concepción del tiempo y del espacio del director: se congelan y se aceleran, y en su constante fluir la lentitud se contradice con la velocidad; el plano es amorfo y de una flexibilidad insólita, pero aún así conserva una expresiva belleza en el registro de todas sus imágenes, gracias a una intuición que sólo el buen artista sensible a la naturaleza de la imagen fílmica posee. Porque los elementos que componen ese estilo visual de Wong Kar-Wai tal vez cualquiera crea verlos en la compulsiva y onanista anti-estética de los video clips y de algunos programas televisivos, pero la diferencia está en el sentido que el director asiático le da a estos elementos, en la manera de ordenarlos, de concebirlos y de usarlos. Porque para hacer un cine así y con esos resultados, no es suficiente poseer o no los medios, ni la existencia o no de un guión previo, sino el talento, el don de artista y una visión personalísima del cine y de la vida.


Texto tomado de: http://www.cinefagos.net/index.php?Itemid=3&id=96&option=com_content&task=view



 



¿Quién es Wong Kar-Wai?

WONG KAR-WAI

Nació en Shanghai en 1958, emigro con su familia a Hong Kong cuando tenia 5 años.
Empezó en la industria como guionista y asistente de producción y en 1988 debuta como director imponiéndose rápidamente como "l'enfant terrible" de la cinematografía local. "As Tears Go By", además de su primera colaboración con Marggie Cheung como protagonista, se presenta en la Semana de la Crítica del Festival de Cine de Cannes 1989 en medio de una gran expectación. El triunfo es rotundo, y desde ahora se dará a conocer como magnífico realizador.
En 1990, "Nuestros años Salvajes", un film nostálgico sobre la amistad y sus decepciones con el trasfondo de los años sesenta, le sirve para reunir a seis de las mejores estrellas jóvenes del cine asiático, y recibir los 5 premios más importantes del Festival de Cine de Hong Kong 1991.
Los dos años siguientes los pasará rodando en las más lejanas regiones de China un magistral relato sobre artes marciales, Las Cenizas del Tiempo", cuya primera proyección tendrá como escenario el Festival de Cine de Venecia 1994. Allí recibe el Premio a la Mejor Fotografía y, en el Festival de Cine de Hong Kong 1994, otros tres destacados galardones.
Durante una pausa de dos meses en la post-producción de "Las Cenizas del Tiempo", rueda "Chungking Express" que se convertirá enseguida en un éxito internacional refrendado con dos premios en el Festival de Cine de Estocolmo 1995, y otros tres en el Festival de Cine de Hong Kong 1995. A continuación, filma un largometraje que él mismo define como "experimental", "Los Ángeles Caídos", cuya primera proyección tiene lugar en el Festival de Cine de Toronto, y que más tarde recibe otros dos premios en el Festival de Cine de Hong Kong 1996. 
Sus dos siguientes trabajos van a competición en el Festival de Cine de Cannes. "Happy Together", se proyecta en la edición de 1997 donde es galardonada con el Premio al Mejor Director, y el Premio al Mejor Actor en el Festival de de Cine de Hong Kong. "In The Mood For Love", se presenta en el certamen del año 2000 donde recibirá el Premio al Mejor Actor y el Premio al Mejor Equipo Técnico, sin olvidar los muchísimos premios y nominaciones con que será distinguida en todo el mundo, además de estar seleccionada para el Oscar al Mejor Film Extranjero. 
Durante la producción de "2046", ha efectuado varias pausas con objeto de poder dedicarse a otros proyectos. Ha realizado un cortometraje para BMW, "The Hire" (con otros destacados directores como Ang Lee, John Frankenheimer y John Woo), un video clip, "Six Days", para D.J. Shadow, y uno de los tres episodios del film "Eros", presentado en el Festival de Venecia de 2004 con Gong Li y Chang Chen como protagonistas (los otros dos episodios han sido dirigidos por Michelangelo Antonioni y Steven Soderbergh). 
"2046" se presenta con un impresionante éxito de crítica y público en la Sección Oficial del Festival de Cine de Cannes 2004, y este mismo año se exhibe en el Festival Internacional de Valladolid.
FILMOGRAFIA COMO DIRECTOR Y GUIONISTA
1988 "AS TEARS GO BY"
1991 "NUESTROS AÑOS SALVAJES"
1994 "LAS CENIZAS DEL TIEMPO"
1994 "CHUNGKING EXPRESS"
1995 "LOS ÁNGELES CAÍDOS"
1996 "HAPPY TOGETHER" 
2000  "IN THE MOOD FOR LOVE"
2004  "2046"
2004  "EROS"
2007  "MY BLUEBERRY NIGHTS" 
2008  "ASHES OF TIME REDUX"
2011  "THE GRAND MASTER"

Extractado de http://www.arabafilms.com/distribucion/2046/fichas/tc_wongkarwai.htm. He agregado las tres últimas películas de este director.

Este es un enlace al libro "Wong Kar Wai: Grietas en el espacio-tiempo". Para acceder, pulse aquí

domingo, 13 de febrero de 2011

Hola amigos:

Este es un nuevo blog destinado a difundir las actividades del cineclub "Ocho y medio", espacio de la Facultad de Artes de la Universidad de Nariño, en la ciudad de San Juan de Pasto, Colombia. Pero también queremos que sea un punto de encuentro para hablar de cine y promover una cultura cinéfila.
Bienvenidas todas las opiniones, sugerencias, comentarios y aportes.